«Yo, señor, no soy malo»: determinismo y culpabilidad penal en La familia de Pascual Duarte

Por Miguel Díaz Velasco, abogado penalista

«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo».

Con estas palabras comienzan las memorias de Pascual Duarte (o parte de ellas «porque otra parte hubo que al intentar contarla sentía tan grandes arcadas en el alma que preferí callármela y ahora olvidarla», dirigidas a Joaquín Barrera López y encontradas por su transcriptor a mediados del año 1939 en una farmacia de Almendralejo. Esas memorias forman parte de La familia de Pascual Duarte (1942), la primera novela de Camilo José Cela, escritor infatigable y «honra y prez de la patria y espejo de patriotas».

Como verá quien haya leído la novela, Pascual escribe sus memorias desde la cárcel, condenado ya a la pena capital. No intenta negar los hechos que lo han llevado hasta allí. Intenta explicar cómo llegó a convertirse en el hombre que ahora espera la muerte.

Y ahí aparece una pregunta que, más allá de la literatura, y de mi enorme admiración por Cela, que no he podido ocultar, afecta directamente al Derecho penal:

¿Hasta qué punto podemos considerar plenamente responsable a quien ha crecido en unas circunstancias que han condicionado profundamente su libertad?

La libertad y el peso de las circunstancias

El Derecho penal parte de una idea esencial: el juicio de culpabilidad implica formular un reproche personal al autor y valorar, entre otras cuestiones, las circunstancias concretas en las que actuó y si, en ellas, podía exigírsele un comportamiento conforme a Derecho.

Pero la literatura, a veces, se encarga de poner a prueba esa idea.

La Extremadura rural que retrata Cela no es simplemente el escenario en el que transcurre la vida de Pascual. Es el mundo en el que se forma su carácter: pobreza, violencia, ignorancia, alcohol, abandono y una convivencia familiar marcada por la crueldad.

Pascual parece crecer sin referentes capaces de enseñarle otra forma de relacionarse con los demás y con el mundo.

Cela no necesita formular una teoría sobre el determinismo. Le basta con mostrarnos la vida de su personaje.

Y cuanto más conocemos esa vida, más difícil resulta separar al hombre de las circunstancias que lo han formado.

La tragedia de Mario

Quizá el ejemplo más estremecedor sea el de Mario, el hermano de Pascual, cuyo nacimiento coincide con la muerte, por la mordedura de un perro rabioso, del padre de Pascual, que no es el de Mario: «…quedó la vieja con el vientre lleno, vaya usted a saber de quién…».

Su corta vida transcurre prácticamente en el abandono. Desde niño está expuesto a la miseria y a la violencia de un entorno en el que nadie parece capaz de protegerlo.

Entre los episodios más terribles está aquel en el que un guarro —con perdón— le comió las dos orejas, pues el pobre Mario no pasó de arrastrarse por el suelo como una culebra.

Su vida terminará de una manera igualmente absurda: ahogado en una tinaja de aceite.

La historia de Mario tiene, además, un interés especial para comprender a Pascual.

No puede afirmarse que la muerte de Mario sea la causa de los crímenes posteriores de Pascual. Su historia forma parte del mundo de abandono, violencia y ausencia de protección en el que el protagonista ha crecido.

Mario funciona como un espejo.

Nos muestra, de una manera casi insoportable, el mundo que a Pascual le ha tocado vivir.

«Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas».

Es evidente que Pascual pertenece a estos últimos.

No es solamente pobreza.

Es una ausencia casi absoluta de protección, afecto y oportunidades.

Y esa realidad obliga al lector a preguntarse cuánto hay de elección y cuánto de condicionamiento en la vida de Pascual.

Cuando el Derecho juzga un hecho y la literatura muestra una vida

El Derecho penal necesita concretar responsabilidades.

Ante un homicidio o un parricidio, debe determinar quién realizó el hecho, en qué circunstancias, con qué intención y cuál es el grado de responsabilidad que puede atribuirse al autor.

Pero una sentencia tiene que fijarse necesariamente en unos hechos determinados. Una novela, en cambio, puede mostrarnos toda una vida.

Y ahí reside una de las grandes aportaciones de la literatura al Derecho.

Cuando conocemos a Pascual únicamente a través de sus crímenes, vemos al autor de unos hechos.

Cuando conocemos su historia, empezamos a ver también al hombre que había detrás de ellos.

Esto no significa justificar sus actos.

Comprender no equivale a justificar.

Pero sí significa que la responsabilidad penal no puede contemplarse al margen de la persona que realizó el hecho y de las circunstancias que rodearon su vida.

El Derecho penal no convierte la pobreza, la falta de educación o una infancia desgraciada en una causa automática de exención de responsabilidad. Pero tampoco puede desconocer que la culpabilidad es un juicio personal y que, en determinadas circunstancias, el ordenamiento jurídico obliga a preguntarse si podía exigirse al autor una conducta diferente.

El propio Código Penal contempla, por ejemplo, el miedo insuperable o el estado de necesidad como causas de exención de responsabilidad criminal. Es una muestra de que el ordenamiento jurídico reconoce que, en determinadas circunstancias, la capacidad de exigir al autor una conducta conforme a Derecho puede encontrar límites.

La literatura lleva esa pregunta mucho más lejos.

La culpabilidad y los límites de la libertad

La historia de Pascual plantea así una cuestión particularmente difícil para el Derecho penal:

¿Cómo medir la culpabilidad cuando la libertad de una persona ha estado condicionada desde su infancia por unas circunstancias extremas?

No basta con preguntarse si, en abstracto, existía la posibilidad de actuar de otra manera.

La verdadera cuestión que plantea la novela es hasta qué punto esa posibilidad podía ser efectivamente real para alguien con la historia de Pascual.

Los «motivos» a los que él mismo alude adquieren entonces un significado que va más allá de la simple explicación de sus actos. Son la expresión de una vida en la que la violencia se ha convertido, desde muy pronto, en una forma habitual de relación con el mundo.

Pero aquí aparece también el límite de la interpretación determinista.

Si todo estuviera decidido por las circunstancias, desaparecería la posibilidad misma de formular un reproche penal. El Derecho penal no puede aceptar sin más que el entorno explique completamente la conducta de una persona.

Precisamente por eso la cuestión resulta tan compleja.

Entre afirmar que el hombre es completamente libre y afirmar que está completamente determinado por las circunstancias existe un espacio en el que se mueve el juicio de culpabilidad.

Y ese es, quizá, el espacio en el que Cela coloca a Pascual.

La literatura no proporciona una respuesta jurídica a esta cuestión.

Pero sí consigue algo que a veces resulta más difícil:

obligarnos a formularla correctamente.

Conclusión: comprender no es justificar

Al terminar La familia de Pascual Duarte, queda la sensación de que la vida de Pascual ha sido una sucesión de circunstancias que lo han empujado hacia un destino del que nunca consiguió escapar.

Eso no convierte sus crímenes en menos graves ni elimina, por sí mismo, su responsabilidad.

Pero introduce una duda que el Derecho penal no puede ignorar:

¿Hasta dónde puede llegar el reproche cuando la libertad de una persona ha estado profundamente condicionada por las circunstancias en las que ha vivido?

Quizá esa sea una de las grandes virtudes de la novela de Cela.

No nos pide que absolvamos a Pascual.

Tampoco que lo condenemos sin más.

Nos obliga a mirar al hombre que existe detrás del delito.

Y, al hacerlo, nos recuerda algo que debería estar siempre presente cuando hablamos de justicia:

comprender al delincuente no significa justificar el delito; significa intentar entender, antes de juzgar, cómo llegó un hombre a convertirse en aquello que finalmente hizo.