Más de veinte años ejerciendo la defensa penal
Por Miguel Díaz Velasco, abogado penalista
Quiero compartir con vosotros parte de la que ha sido mi trayectoria profesional durante estos últimos años.
En febrero de 2003 me incorporé a un despacho de abogados situado en una de las zonas más representativas del Madrid de los negocios. Allí me inicié en el ejercicio de la abogacía y tuve mis primeros contactos con una profesión que, con el paso del tiempo, se convertiría en una parte fundamental de mi vida.
Desde el primer momento descubrí que me apasionaba el Derecho penal. También comprobé que, con el paso del tiempo, empezaba a dominar el miedo que inevitablemente aparece cuando uno se enfrenta a sus primeros juicios y actuaciones en estrados.
Esa evolución me permitió mejorar rápidamente, especialmente en la oratoria y en la participación en debates con abogados que tenían mucha más experiencia y conocimientos que yo.
Pronto descubrí también que me desenvolvía bien en el trato directo con el cliente. La comunicación, la capacidad de escuchar y la empatía me parecieron desde el principio aspectos esenciales de esta profesión.
Entendí que defender a una persona no consiste únicamente en estudiar un expediente y aplicar conocimientos jurídicos, sino también en saber acompañarla y transmitirle seguridad en momentos que, en muchas ocasiones, son especialmente difíciles.
Los primeros años: aprender el oficio
En aquel despacho el Derecho penal constituía una parte fundamental de la actividad y el volumen de trabajo era muy elevado.
Tuve la oportunidad de intervenir en asuntos de cierta gravedad y dificultad, siempre acompañado de abogados técnicamente excelentes, de quienes aprendí mucho y que, con el tiempo, también me animaron a dar el paso de abrir mi propio despacho.
Recuerdo, por ejemplo, algunos procedimientos en los que tuve que defender a personas acusadas de pertenecer a bandas organizadas dedicadas a robos en domicilios con sus moradores dentro. Las peticiones de pena superaban en algunos casos los veinte años de prisión.
Participé en varios de esos juicios por encargo del titular del despacho, adquiriendo una experiencia que sería fundamental en los años posteriores.
También intervine en procedimientos especialmente complejos por delitos contra la libertad sexual, con peticiones fiscales superiores a cincuenta años de prisión, así como en numerosos asuntos relacionados con el tráfico de drogas, delitos contra el patrimonio y otros procedimientos de distinta naturaleza.
Con el tiempo fui asumiendo mayores responsabilidades dentro del despacho hasta convertirme en la persona de confianza del titular para la gestión y distribución de asuntos y su seguimiento.
Fue una etapa en la que aprendí buena parte del oficio de abogado.
Me curtí en comisarías, centros penitenciarios y juzgados, y tuve la oportunidad de conocer de primera mano una parte muy importante de la realidad práctica de la defensa penal.
Durante aquellos años, probablemente llegué a visitar la práctica totalidad de las cárceles, comisarías y juzgados de la península.
El paso al despacho propio
Y el tiempo fue pasando.
En 2006, a pesar de haber alcanzado ya cierta estabilidad económica y profesional, decidí, junto con otro abogado, dar el paso de abrir nuestro propio despacho.
Los años posteriores fueron diferentes.
Al trabajar por mi cuenta tuve la posibilidad de estudiar los asuntos con otra perspectiva y con más tiempo para analizar cada detalle. Esa etapa me permitió seguir creciendo como jurista, detectar errores que yo mismo había cometido en el pasado y observar también cómo podían cometerlos abogados con mucha más experiencia.
Con el tiempo fui perfeccionando mi técnica jurídica y mi conocimiento del proceso penal en diferentes tipos de delitos.
Profundicé especialmente en la preparación de interrogatorios, escritos y recursos, así como en la defensa oral ante los Tribunales.
Una forma de entender la profesión
Pero hay aspectos de mi forma de entender la profesión que no han cambiado a lo largo de estos años.
Desde muy pronto decidí que quería ejercer la abogacía desde la objetividad, la honestidad y la transparencia. Son valores que considero especialmente importantes en la defensa penal.
Cuando una persona acude a un abogado penalista suele hacerlo en una situación de incertidumbre, preocupación o miedo.
En esas circunstancias, creo que el abogado debe ser capaz de explicar con claridad cuál es la situación, cuáles son las posibilidades de defensa y cuáles son también los riesgos que existen.
No siempre es posible ofrecer al cliente la respuesta que desea escuchar.
Y precisamente por eso considero que la confianza debe construirse sobre la honestidad y no sobre promesas.
Como responsable último de la defensa, siempre he entendido que mi obligación es hacer el mejor trabajo posible y explicar las circunstancias del procedimiento con claridad, también cuando las noticias no son las que el cliente esperaba.
Esta forma de entender la profesión ha podido hacer que, en alguna ocasión, haya perdido un cliente por no ofrecerle aquello que quería escuchar.
Pero también me ha permitido recibir, a lo largo de todos estos años, el agradecimiento de muchas de las personas a las que he defendido.
La mayoría, salvo las excepciones que inevitablemente existen, han mostrado una satisfacción sincera por el trabajo realizado.
Y creo que una parte importante de esa satisfacción no procede únicamente del resultado, que no siempre depende exclusivamente del abogado, sino de haber sabido sentirse escuchados, comprendidos y respetados durante un momento especialmente complejo de sus vidas.
Después de más de veinte años
Después de más de veinte años ejerciendo la abogacía, sigo entendiendo la defensa penal de la misma manera:
con preparación, experiencia y dedicación, pero también con objetividad, honestidad y transparencia.
