Cervantes, Don Quijote y la justicia: libertad, poder y defensa penal
Por Miguel Díaz Velasco, abogado penalista
Hay libros que se leen una vez y otros a los que se vuelve durante toda la vida.
En cada relectura atenta siempre aparecen nuevos matices, expresiones que antes pasaron inadvertidas y preguntas que adquieren un significado diferente según la edad y experiencia vital de cada relectura.
El Quijote pertenece, sin duda, a esta última categoría.
En sus páginas, Cervantes habla de caballeros andantes, molinos de viento, gigantes, dueñas doloridas y aventuras aparentemente disparatadas, lo que al lector sin duda le causará dos fanegas de risas. Pero, bajo esa apariencia, se encuentra una reflexión extraordinariamente profunda sobre la moral, el hombre, el poder, la libertad y la justicia.
Aunque el el Quijote no sea un tratado jurídico, pocas obras literarias contienen tantas enseñanzas para quienes se dedican al apasionante mundo del Derecho.
La libertad, por encima de los tesoros
Hay una escena especialmente significativa.
Don Quijote acaba de abandonar el palacio de los duques, donde ha disfrutado, aunque fingidamente, del lujo, banquetes, honores y toda clase de atenciones dignas de un cabellero andante, pero sin embargo, cuando vuelve al camino y se encuentra de nuevo a solas con Sancho, comprende que ha recuperado algo mucho más valioso que todo eso.
La libertad.
Entonces pronuncia unas palabras que se encuentran entre las más conocidas y profundas de la novela:
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos».
La paradoja es evidente: podía tenerlo todo y, sin embargo, no sentirse libre.
Los favores pueden convertirse en obligaciones; las obligaciones, en ataduras. El lujo deja de ser libertad cuando quien lo recibe ya no puede disponer plenamente de sí mismo.
La reflexión conserva una enorme actualidad.
La libertad no consiste únicamente en poder desplazarse de un lugar a otro. También significa poder decidir sobre la propia vida, actuar sin sometimiento arbitrario y conservar un espacio de autonomía que nadie pueda invadir legítimamente.
Por eso, la privación de libertad constituye una de las decisiones más graves que puede adoptar el Estado.
Una pena de prisión no es simplemente una cifra expresada en meses o años. Detrás de esa cifra existe una vida, una familia, un trabajo, unas relaciones, unos proyectos y, sobre todo, una persona a la que se priva temporalmente de uno de sus bienes más preciados.
Cervantes lo comprendió con una claridad extraordinaria. No hace falta decir que antes de escribir el Quijote estuvo cinco años cautivo en Argel (1575-1580).
El poder de decidir sobre los demás
Pero el Quijote no habla solamente de quien puede perder la libertad.
Habla también de quien tiene poder para decidir sobre ella.
Antes de que Sancho marche a gobernar la ínsula Barataria, Don Quijote le ofrece una serie de consejos impagables que, cuatro siglos después, siguen sorprendiendo por su lucidez.
Sancho va a gobernar; y, por tanto, va a juzgar.
Don Quijote sabe que el poder puede transformar a quien lo recibe. Por eso le recuerda que no debe dejarse llevar por la vanidad del cargo y que debe conocerse a sí mismo.
La advertencia sigue siendo esencial.
Quien tiene autoridad sobre los demás debe ser especialmente consciente de sus propias debilidades.
La vanidad, el prejuicio, la pasión, el miedo, el interés o el deseo de agradar pueden alterar el juicio de cualquier persona.
Por eso, una de las mayores virtudes de quien ejerce una función de autoridad es precisamente la independencia.
Buscar la verdad
Los consejos de Don Quijote alcanzan su verdadera dimensión cuando comienza a hablarle a Sancho de la justicia.
Le pide que busque la verdad tanto en las dádivas del rico como en las lágrimas del pobre. Y le advierte que, cuando tenga que juzgar a un enemigo, aparte la ofensa personal y atienda únicamente a la verdad del caso.
Es difícil expresar mejor una de las exigencias esenciales de la justicia:
no juzgar desde la pasión.
En Derecho penal esto resulta especialmente importante.
El acusado puede despertar rechazo. El delito imputado puede ser especialmente grave. La víctima puede haber sufrido enormemente. Los hechos pueden producir indignación.
Pero ninguna de esas circunstancias permite sustituir la prueba.
Un procedimiento penal no debe decidir quién nos resulta más simpático, quién parece más culpable o quién merece nuestro mayor rechazo.
Debe determinar qué hechos han quedado acreditados y qué consecuencias jurídicas se derivan de ellos.
La justicia comienza cuando somos capaces de separar la emoción de la decisión.
El pobre y el rico ante la misma justicia
Hay otra enseñanza de los consejos de Don Quijote que merece ser recordada.
Quiere que Sancho sea compasivo con el pobre, pero no más injusto con el rico.
Le está pidiendo algo que parece sencillo y que, sin embargo, constituye una de las mayores dificultades de cualquier sistema de justicia:
tratar a cada persona conforme a la ley sin dejarse condicionar por quién es.
La justicia no puede tener un precio.
No puede inclinarse por dinero, influencia, posición social o poder.
Pero tampoco puede inclinarse en sentido contrario por el simple hecho de que el acusado sea una persona impopular o socialmente despreciada.
En una sociedad regida por el Derecho, la dignidad de las garantías se demuestra precisamente cuando protegen a quien resulta más difícil de defender.
Misericordia y justicia
Don Quijote también aconseja a Sancho que, cuando sea necesario, no aplique ciegamente todo el rigor de la ley y que, si alguna vez ha de inclinar la vara de la justicia, lo haga hacia la misericordia y no hacia el interés. Este consejo es impecable, y debería estar escrito en las salas de juicio en letras de bronce.
No está proponiendo la arbitrariedad (Don Quijote le pide a Sancho que evite la ley del encaje).
Está hablando de algo mucho más difícil:
la prudencia.
La justicia no es necesariamente sinónimo de severidad.
Un juez no es más justo por imponer siempre la respuesta más dura, del mismo modo que un abogado no defiende mejor a su cliente por negar aquello que la prueba demuestra.
La justicia exige medida.
Exige ponderación.
Exige conocer la ley, pero también comprender la realidad sobre la que esa ley se aplica.
Y exige recordar que detrás de un expediente siempre existe una persona.
El acusado no deja de ser hombre
Esta idea resulta especialmente importante en el ámbito penal (no maltrates con palabras a quien vas a castigar con hechos, le dice Don Quijote a Sancho).
Una persona acusada de un delito puede haber cometido un hecho grave. Puede incluso terminar siendo condenada.
Pero el proceso penal no debería convertirla en algo distinto de una persona.
El delito no elimina la dignidad.
La condena no convierte al condenado en alguien sin derechos.
Y la acusación no equivale a una condena.
Ésta es, en buena medida, la razón de ser de las garantías procesales.
La presunción de inocencia, el derecho de defensa, el derecho a un proceso con todas las garantías, la exigencia de una prueba suficiente y la obligación de motivar las decisiones judiciales no son formalidades destinadas a complicar la administración de justicia.
Son límites al poder.
Y los límites al poder son una de las mayores conquistas de la civilización jurídica.
Los galeotes: antes de juzgar, hay que escuchar
Por eso resulta inevitable recordar otro episodio de el Quijote: el encuentro con los galeotes.
Don Quijote ve a unos hombres encadenados y quiere saber quiénes son, qué han hecho y por qué son conducidos de aquella manera.
Su decisión posterior de liberarlos no puede presentarse, naturalmente, como un modelo de actuación jurídica. Don Quijote sustituye el procedimiento y la autoridad legítima por su propia concepción de lo justo.
Pero Cervantes introduce, a través de aquella escena, una reflexión extraordinariamente poderosa:
Antes de juzgar, hay que escuchar.
Antes de condenar, hay que conocer.
Y antes de convertir a alguien en culpable a los ojos de los demás, hay que recordar que existe una persona detrás de la acusación.
El Derecho moderno ha construido procedimientos precisamente para evitar que la justicia dependa de la voluntad individual.
Pero el impulso que mueve a Don Quijote a preguntar por aquellos hombres sigue siendo profundamente humano.
La defensa frente al poder
En este punto aparece la función de la defensa penal.
El abogado no está para sustituir al juez ni para decidir quién es culpable.
Está para hacer algo distinto y esencial:
garantizar que nadie sea condenado fuera de las reglas que el propio Estado ha establecido para poder condenar.
Defender no significa necesariamente afirmar que el acusado sea inocente.
Significa exigir que la acusación pruebe aquello que afirma.
Significa examinar la legalidad de las actuaciones.
Significa discutir la interpretación de los hechos y de las normas.
Significa poner de manifiesto aquello que pueda favorecer al acusado.
Y significa, sobre todo, impedir que el poder punitivo se convierta en poder arbitrario.
La defensa penal es, en ese sentido, una de las expresiones más claras del equilibrio propio del Estado de Derecho.
Frente al poder de acusar existe el derecho a defenderse.
Frente a la posibilidad de condenar existe la exigencia de probar.
Frente a la privación de libertad existe la obligación de justificarla conforme a Derecho.
Cervantes y una idea de la justicia que sigue viva
Quizá por eso los consejos de Don Quijote a Sancho conservan tanta fuerza.
No son solamente consejos para un gobernador imaginario de una ínsula inexistente.
Son una reflexión sobre cualquier persona que tenga poder para decidir sobre otra.
No dejarse llevar por la pasión.
Buscar la verdad.
No distinguir entre ricos y pobres.
No confundir justicia con rigor.
Actuar con prudencia.
Y no olvidar jamás la condición humana de quien se encuentra sometido al juicio de otro.
Cervantes escribió estas páginas hace más de cuatrocientos años.
Sin embargo, muchas de sus preocupaciones siguen siendo las nuestras.
Porque el problema fundamental no ha cambiado.
Siempre habrá alguien que tenga poder.
Y siempre habrá alguien que esté sometido a ese poder.
La cuestión esencial es qué límites deben existir entre ambos.
Libertad y justicia
Al final, las dos escenas —los consejos de Don Quijote a Sancho y su reflexión sobre la libertad al abandonar a los duques— parecen encontrarse.
En una, Cervantes habla de quien tiene la capacidad de juzgar.
En la otra, de quien quiere conservar su libertad.
Entre ambas aparece una idea esencial:
la justicia debe servir para proteger la libertad, no para hacerla depender de la voluntad de quien ejerce el poder.
La libertad es, como dice Don Quijote, uno de los más preciosos dones.
Y precisamente porque lo es, su restricción exige las máximas garantías.
Quizá ésta sea una de las razones por las que el Quijote sigue siendo un libro tan extraordinariamente moderno.
Cervantes entendió que la justicia no puede reducirse a la aplicación mecánica de una norma. Que quien juzga debe buscar la verdad sin dejarse dominar por sus pasiones. Que el poder necesita límites. Que la misericordia tiene un lugar junto a la justicia. Y que el hombre que se encuentra ante el poder sigue siendo, ante todo, un hombre.
Cuatro siglos después, esas reflexiones continúan abiertas.
Y quizá ésa sea la grandeza de Cervantes: que no dejó respuestas cerradas, sino preguntas que todavía nos obligan a pensar.
También a quienes ejercemos el Derecho.
Porque, al final, defender la libertad es defender la dignidad de la persona; y defender la dignidad de la persona es una de las razones más profundas por las que existe el Derecho.
Cuando la libertad está en juego, la defensa importa
En un procedimiento penal, las consecuencias pueden afectar a la libertad, al patrimonio, a la reputación y al futuro de una persona.
La defensa penal consiste en analizar cada elemento del procedimiento, comprobar la legalidad de las actuaciones, examinar la prueba y ejercer todos los derechos y garantías reconocidos por el ordenamiento jurídico.
Si se encuentra inmerso en un procedimiento penal o necesita asesoramiento ante una acusación, puede ponerse en contacto con Miguel Díaz Velasco, abogado penalista en Madrid, para valorar su situación y las posibilidades de defensa.
